Factores sociales y ambientales que influyen en la salud y en los procesos de enfermedad

En cualquier entorno, existen personas y grupos de individuos que tienen una mayor probabilidad de padecer enfermedades, sufrir accidentes o morir prematuramente. Los avances científicos de las últimas décadas han podido determinar que las enfermedades no ocurren de forma aleatoria, y que la mayor o menor vulnerabilidad de las personas a la hora de enfermar se debe a la interacción de factores ambientales, bio-psicosociales y genéticos.

Los acontecimientos de la vida:

Desde este punto de vista global,  tenemos que los factores de riesgo de la enfermedad están sujetos al entorno psicosocial, ecológico, económico,… y a factores personales como la educación y las experiencias previas. Además de éstos, existe otro concepto que cada vez se tiene más en cuenta: “Los acontecimientos significativos de la vida”, que se definen como el conjunto de hechos, deseados o no, que ocurren en la vida de una persona, que tienen una gran importancia por el gran impacto que provocan sobre los aspectos emocionales, y por los cambios que pueden introducir en los hábitos y en las costumbres, y que además, requieren un esfuerzo adaptativo.

El aislamiento:

Todas las personas pueden contribuir a la educación para la salud, ya sea desde el hogar, la familia, el círculo de amigos, el centro de salud, el hospital, la parroquia, la escuela,…  mejorando el nivel de salud y de calidad de vida mediante el logro de actitudes y comportamientos de salud positivos, conscientes y responsables.
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Factores ocupacionales:

Además de los contaminantes y agentes químicos que puede haber en determinados ámbitos de trabajo, podemos encontrar factores de carácter psicosocial que pueden acarrear consecuencias negativas para la salud de las personas que los padecen.
El estrés es una respuesta normal del organismo para hacer frente a una “amenaza” del entorno. Sin embargo, el problema surge cuando el cuerpo se encuentra de forma prolongada en este estado de alerta, ya que acaba por agotar las reservas de energía del cuerpo, pudiendo llegar a desencadenar problemas graves. Entre los más importantes encontramos las enfermedades cardíacas y cerebrovasculares, la hipertensión, las úlceras, los problemas musculares y óseos, la alteración de la función inmunológica, el surgimiento de estados de ansiedad, depresión y neurosis, y la incidencia en el abuso de alcohol, tabaco y otras sustancias nocivas.